(Última página del capítulo VIII de Farabeuf).
[ De Salvador Elizondo. ]
[ De Salvador Elizondo. ]
¡Cuántas veces, al pasar las páginas de ese libro que describe la mutilación del cuerpo en términos de una disciplina metafísica habrás pensado que yo soy Farabeuf! ¿Por qué entonces quisiste morir para entregárteme en el momento en que viste girar la perilla de bronce de la puerta creyendo que quien la hacía girar era el Maestro?
(....) Tú la viste trasponer ese umbral, su bata de enfermera estaba manchada de excrecencias mortuorias, mas tú no lo quisiste creer. Quisieras ser ella, ¿verdad? No pensaste jamás que tú -cuántas veces habrá que repetirlo para creerlo-, que tú y yo no éramos más que el reflejo de esos seres turbios que amaban contemplar su rostro en este espejo, que deseaban ser nosotros, su reflejo. No pensaste jamás que ese espejo eran mis ojos, que esa puerta que el viento abate era mi coracón, latiendo
(...) imagen de una puerta que golpea contra un quicio mientras afuera, más allá de sí misma, la lluvia incesante golpea en la noche contra la ventana como tratando de impedir que tu última mirada escape, para que nuestro sueño no huya de nosotros, y se quede, para siempre, fijo en la actitud de esos personajes representados en el cuadro: un cuadro que por la ebriedad de nuestro deseo creímos que era real y que sólo ahora sabemos que no era un cuadro, sino un espejo, en cuya superficie nos estamos viendo morir.
_____________
* Farabeuf, novela que a esta hora de la madrugada -y con un seminario sorpresivo que tengo que hacer (del que me enteré a lo mucho 24 horas antes)- no he terminado. Pero quise detenerme a pasar esta página que en lo particular -hasta el momento- ha sido la más estasiante de la novela.
** A partir de hoy puedo decir que Elizondo es un gran maestro de la escritura, y no tanto -o no sólo- por la construcción de la novela, sino por su gran sentido lírico.
(....) Tú la viste trasponer ese umbral, su bata de enfermera estaba manchada de excrecencias mortuorias, mas tú no lo quisiste creer. Quisieras ser ella, ¿verdad? No pensaste jamás que tú -cuántas veces habrá que repetirlo para creerlo-, que tú y yo no éramos más que el reflejo de esos seres turbios que amaban contemplar su rostro en este espejo, que deseaban ser nosotros, su reflejo. No pensaste jamás que ese espejo eran mis ojos, que esa puerta que el viento abate era mi coracón, latiendo
(...) imagen de una puerta que golpea contra un quicio mientras afuera, más allá de sí misma, la lluvia incesante golpea en la noche contra la ventana como tratando de impedir que tu última mirada escape, para que nuestro sueño no huya de nosotros, y se quede, para siempre, fijo en la actitud de esos personajes representados en el cuadro: un cuadro que por la ebriedad de nuestro deseo creímos que era real y que sólo ahora sabemos que no era un cuadro, sino un espejo, en cuya superficie nos estamos viendo morir.
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* Farabeuf, novela que a esta hora de la madrugada -y con un seminario sorpresivo que tengo que hacer (del que me enteré a lo mucho 24 horas antes)- no he terminado. Pero quise detenerme a pasar esta página que en lo particular -hasta el momento- ha sido la más estasiante de la novela.
** A partir de hoy puedo decir que Elizondo es un gran maestro de la escritura, y no tanto -o no sólo- por la construcción de la novela, sino por su gran sentido lírico.

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